“No me gustaba la lechuga antes de asistir al curso”, comentó Allison Merlos, de 10 años, refiriéndose a un taller de nutrición para niños al que asistió el año pasado a través del programa SNAP-Ed, vigente desde hace mucho tiempo pero que está previsto a terminar pronto debido a los recortes en la financiación federal. “Ahora me encanta, me puedo comer cinco platos de lechuga”.
Este artículo se publicó originalmente en inglés el 20 de abril. Traducido por Daniel Parra. Read the English version here.
Durante una soleada tarde de mediados de abril, junto a una escuela de Inwood, un miembro de Children’s Aid preparaba un salteado primaveral con ramilletes de brócoli y salsa de soja para que las familias lo probaran. Más de veinte bolsas naranjas, llenas de manzanas, calabacines, brócoli y bok choy, se apilaban detrás de la mesa plegable que habían montado.
Bajo la carpa, vendían más productos frescos y huevos con descuento para las familias inscritas en el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP por sus siglas en inglés), antes conocido como cupones de alimentos. Las madres llegaban a la carpa antes de que sus hijos salieran del colegio, cogían su bolsa de la compra, daban las gracias y se marchaban con una sonrisa.
Lo que la mayoría no sabía es que el programa federal de educación nutricional que hizo posible esta distribución llamado SNAP-Ed, está a punto de desaparecer, ya que su financiación se agotará al final del año fiscal federal, en septiembre. Al menos dos organizaciones neoyorquinas que gestionan programas locales de SNAP-Ed cerrarán en las próximas semanas, una pérdida que, según los defensores, afectará a las comunidades negras y latinas, que ya presentan índices más elevados de inseguridad alimentaria y de problemas de salud relacionados con la alimentación.
“Tristeza”, reaccionó Estela Gálvez cuando se enteró de que el programa iba a terminar. “Nuestras familias también tienen derecho a comer comida fresca. Claro, y nutritiva”.

La ley H.R. 1 del presidente Donald Trump, también conocida como “One, Big Beautiful Bill”, aprobada por el Congreso el año pasado, reformó el programa SNAP, al introducir nuevos requisitos laborales y trasladar al estado de Nueva York unos costes de hasta $1.400 millones de dólares al año.
También eliminó la financiación del programa SNAP-Ed, que enseña a cualquier persona con derecho al SNAP —incluidas las personas con discapacidad— a comprar y cocinar comidas saludables. Nueva York perdió aproximadamente $29 millones de dólares anuales destinados al SNAP-Ed y, hasta ahora, las recientes negociaciones presupuestarias del estado no han mencionado ninguna financiación sustitutiva para este programa.
Bajo la supervisión de la Oficina de Asistencia Temporal y Asistencia para Incapacitados del estado de Nueva York (OTDA por sus siglas en inglés), los programas SNAP-Ed ayudaron a más de 2.2 millones de residentes en todo el estado en 2024, tanto con clases de nutrición y cocina como a través de la caja de alimentos —con porciones de productos locales, como las bolsas naranjas que la gente recibió en el evento de Children’s Aid— destinadas a apoyar aún más el acceso de las comunidades de bajos ingresos a alimentos frescos y asequibles.

“Al igual que otros recortes históricos y reasignaciones de gastos adoptados en la ley H.R. 1, aprobado por el Congreso republicano y firmado por el presidente Trump en julio, la eliminación de la financiación para el SNAP-Ed no ayuda en absoluto a los estadounidenses y solo aumenta el riesgo de que los neoyorquinos necesitados sufran inseguridad alimentaria, problemas de salud y dificultades económicas”, declaró un portavoz de la OTDA en un comunicado.
Aunque el recorte de la financiación de SNAP-Ed se anunció el año pasado, solo uno de los seis participantes que City Limits entrevistó en el evento de abril sabía que el programa iba a terminar —y en cuestión de semanas para algunos proveedores.
En Nueva York, siete organizaciones comunitarias gestionan SNAP-Ed, ofreciendo una variedad de planes de estudios. También colaboran con escuelas, centros médicos, minoristas, agricultores y otras organizaciones comunitarias.
En el reciente evento de Children’s Aid, los voluntarios habían dispuesto en una mesa frutas y verduras de producción local —tomates, calabacines, así como huevos— que los beneficiarios de SNAP podían comprar con sus prestaciones, obteniendo más rendimiento de sus compras a través del programa municipal Health Bucks, que duplica cada dólar gastado en productos frescos en determinados comercios.
“Nuestra temporada de cajas de alimentos está programada para terminar a principios de junio, lo cual es bastante decepcionante, porque junio es realmente el comienzo de la temporada alta de cultivo en Nueva York”, afirma Taisy Conk, directora de los programas de alimentación y nutrición de Children’s Aid.

Los proveedores de SNAP-Ed también organizan clases de cocina en formato de taller. Food Bank for NYC, por ejemplo, puso en marcha un programa llamado “Just Say Yes to Fruits and Vegetables“ (Di sí a las frutas y verduras), que enseñaba a adultos —especialmente a personas mayores y a quienes padecen enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación, como la diabetes y las cardiopatías— a preparar recetas saludables y económicas con ingredientes comunes.
Children’s Aid impartió anteriormente una clase de nutrición para niños de primaria. City Limits habló con cuatro alumnos que participaron en el programa del año pasado en Inwood, que se suspendió debido a los recortes federales. “No me gustaba la lechuga antes de asistir al curso”, comentó Allison Merlos, de 10 años. “Ahora me encanta, me puedo comer cinco platos de lechuga”.
Su entusiasmo y su amor por las verduras no eran únicos en el grupo. Sophia Pérez, de 10 años, por ejemplo, compartió que le gustaba mucho la “ensalada arcoíris”.
“Básicamente, consiste en poner verduras de todos los colores en una ensalada y luego comérnosla”, explicó Pérez.
Según OTDA, tras asistir a una sola sesión, más del 80 por ciento de los participantes en el SNAP-Ed afirmaron que tenían previsto introducir cambios como resultado de lo aprendido: comer más frutas y verduras, beber menos sodas y otras bebidas azucaradas, ser más activos, comparar precios al hacer la compra y cocinar más comidas en casa.
“Estos recortes suponen la pérdida de innumerables momentos de descubrimiento”, afirmó Latrice Stirrup-Chance, de Common Threads, una organización que ofrece programas.

Los siete proveedores de SNAP-Ed en Nueva York están aprovechando al máximo las últimas gotas de financiación y están reduciendo o trasladando equipos enteros que antes se encargaban de estos programas.
Children’s Aid, por ejemplo, contaba con 22 empleados dedicados a SNAP-Ed; ahora solo quedan cuatro. En Food Bank for NYC, siete empleados perdieron su puesto de trabajo, entre ellos el director del programa y otros miembros del personal de educación nutricional a tiempo completo. Y en otro proveedor, BronxWorks, cinco empleados fueron reasignados a otras funciones dentro de la organización.
“Estos recortes están echando por tierra años de progreso y están afectando con mayor dureza a los más vulnerables de nuestra ciudad”, afirmó Conk.
Mairemi Escolástico, una participante de 35 años, expresó su frustración tras enterarse del inminente fin del programa.
“Es una vergüenza, sinceramente”, dijo ella. “Muchas veces, ellos [los políticos] solo piensan en cifras, porque al fin y al cabo, creo que la política es lo que es, y no es algo que vaya a cambiar de la noche a la mañana. Pero si nos vemos a nosotros mismos no como ciudadanos, sino como un simple número en esta ruleta, no crecemos como sociedad”.
El fin del programa llega en un momento en el que se espera que otros cambios en los requisitos para acceder al SNAP, incluidos los nuevos requisitos laborales, dejen a decenas de miles de neoyorquinos sin prestaciones, en medio del aumento de los precios de los alimentos.
“Les pediría que, si tienen la oportunidad de recortar gastos en otros ámbitos para destinar esos fondos a este tipo de prestaciones —es decir, a la alimentación—, sería estupendo”, dijo Esperanza Córdoba, una participante de SNAP-Ed de 40 años.
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